Antes de dormir un cuento

El pequeño elfo Cierraojos

No hay nadie en el mundo capaz de contar tantos cuentos como Ole Cierraojos. “¡’Y qué bien lo hace!

Al caer la noche, cuando los niños ya descansan en su habitación, sentados en el escabel junto a la cama, aparece Ole Cierraojos. El elfo sube las escaleras de puntillas, para no hacer ruido, abre la puerta muy despacio y deja caer un poco de arena sobre sus ojos, solo unos granitos, lo suficiente para que les resulte imposible mantenerlos abiertos y que lo vean. Después, con mucho sigilo, se coloca tras ellos, sopla en su nuca y, al instante, la cabeza empieza a pesarles demasiado.

En cuanto los niños concilian el sueño, Ole Cierraojos se sienta junto a ellos  en la  cama. Viste muy elegante, con prendas de seda, pero resulta imposible saber si son verdes, rojas o azules, porque, cada vez que gira, su ropa cambia de color. También lleva un paraguas debajo de cada brazo: uno, repleto de dibujos, que al abrirlo sobre los niños buenos hace que sueñen historias maravillosas toda la noche; el otro, en cambio, el que no tiene nada, ese lo reserva para los niños que se portan mal.

          

Ahora veremos cómo Ole Cierraojos visitó, todas las noches de una semana, a un muchachito que se llamaba Víctor, para contarle sus cuentos. Son siete, pues siete son los días de la semana.

-Para empezar, voy a decorar tu cuarto-. Dijo el pequeño elfo y al momento, todas las flores de las macetas se transformaron en grandes árboles que extendían sus ramas por las paredes hasta alcanzar lo alto del techo.

Pero al mismo tiempo salían unas lamentaciones terribles del cajón de la mesa, que guardaba los libros escolares de Víctor. ¡Qué de lamentos y quejas! ¡Partían el alma!. De arriba abajo, en cada página, se sucedían las letras mayúsculas, cada una con una minúscula al lado; servían de modelo, y a continuación venían unos garabatos que pretendían parecérseles y eran los deberes escolares de Víctor; estaban como caídas sobre las líneas que debían servirles para tenerse en pie.

-Miren, tienen que ponerse así -decía Ole Cierraojos  -. ¿Ven? Así, inclinadas, con un trazo vigoroso.
-¡Ay! ¡qué más quisiéramos nosotras! -gimoteaban las letras -. Pero no podemos; ¡somos tan raquíticas!
– Entonces les voy a dar un poco de aceite de hígado de bacalao -dijo Ole Cierraojos.
-¡Oh, no! -exclamaron las letras, y se enderezaron que era un primor.
-Pues ahora no hay cuento -dijo el duende-. Ejercicio es lo que conviene a esas mocosuelas. ¡Un, dos, un, dos!
Y siguió ejercitando a las letras, hasta que estuvieron esbeltas y perfectas como la propia muestra. Más por la mañana, cuando el elfo se hubo marchado, Víctor las miró y vio que seguían tan raquíticas como la víspera.

Eso fue el lunes. Para el martes no bien estuvo Víctor en la cama, Ole Cierraojos, con su jeringa encarnada, roció los muebles de la habitación, y enseguida se pusieron a charlar todos a la vez, cada uno hablando de sí mismo. Sólo callaba la papelera. Encima de la cómoda colgaba un gran cuadro en un marco dorado; representaba un paisaje, y en él se veían viejos y corpulentos árboles, y flores entre la hierba, y un gran río.  (…) Víctor echó a correr hacia el río y subió a una barquita; estaba pintada de blanco y encarnado, la vela brillaba como plata, y seis cisnes, todos con coronas de oro en torno al cuello y una radiante estrella azul en la cabeza, arrastraban la embarcación a lo largo de la verde selva; los árboles hablaban de bandidos y brujas, y las flores, de los lindos silfos enanos y de lo que les habían contado las mariposas.El miércoles. Víctor vio en su sueño que junto a la casa flotaba un barco soberbio.

El jueves Ole Cierraojos, lo tocó con su jeringuita mágica, y enseguida Víctor se fue reduciendo, reduciendo, hasta no ser más largo que un dedo.

-Ahora puedes pedirle su uniforme al soldado de plomo; creo que te sentará bien, y en sociedad lo mejor es presentarse de uniforme.
-Desde luego -respondió Federico, y en un momento estuvo vestido de soldado de plomo.
-¿Hace el favor de sentarse en el dedal de su madre? -preguntó un ratoncito-. Será para mí un honor llevarle a la fiesta de una boda de dos ratoncitos.

(. . .)

Este cuento lo puedes encontrar en la Sala de Infantil  con la signatura:

 I AND peq

Título: El pequeño elfo Cierraojos: 7 cuentos para soñar.

Autor: Hans Christian Andersen.

Ilustraciones: Éric Puybaret.

Editorial: Edelvives

Edad recomendada:  A partir de 6 años.

 

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