Filbert, el diablillo bueno

“Había una vez un papá diablo que era feroz y malvado. Había también una mamá diablo que era fiera y malvada. Y luego estaba Filbert, su pequeño diablillo, que no es que fuera bueno, era RE-QUE-TE-BUENO. “¿pero qué demonios le pasa?”, dijo papá diablo ferozmente. “No es capaz de gritarle ¡BU! A un búfalo, ¿UH! A una búho, ni ¡MU! A una musaraña. ¡Este diablillo no parece hijo mío!”

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Filbert es un diablillo demasiado bueno, y sus padres están desesperados porque no asusta, no miente, ni siquiera molesta; al contrario, disfruta ayudando a las personas que lo necesitan.

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En su primer día de colegio, tampoco se comporta como se espera de alguien de su especie, así que la profesora le echa de clase para que recapacite y se comporte como un auténtico diablillo. Entonces conoce por casualidad a una angelita, Florinda, que tampoco es tan «angelical» como cabría esperar. Así que, como es natural, la conexión entre Florinda y Filbert es inmediata, ambos tienen algo en común: no son lo que la gente que les rodea espera que sean. Sin embargo, se mantienen firmes a sí mismos y logran demostrarles a los demás que ser diferente no es nada malo y que es mucho peor fingir que uno es lo que no es.

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Con un planteamiento tan sencillo como este, la autora, Hiawyn Oram, invita a la reflexión de grandes y mayores con esta versión libre de la historia del patito feo que no cae en moralismos fáciles. Por un lado, anima a los pequeños lectores a no sentir miedo de mostrarse como realmente son en todos los ámbitos de la vida cotidiana (aunque al principio no sea fácil); por otro, da una pequeña colleja a padres y profesores para recordarles que es bueno ser distinto y que no se puede pretender que un niño sea como los adultos creamos que debe ser. La determinación de Filbert y Florinda se impone a la obstinación de la sociedad que pretende moldearles y domar su instinto natural de ser aquello con lo que se sienten más cómodos.

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A este diablillo tan angelical le pone rostro el genial Jimmy Liao con su habitual contraste de colores intensos. Los animales, tan frecuentes en la obra de este artista, son aquí también una constante y en todas las páginas se pueden ver tortugas, gatos, perros o ardillas escondidos en algún rincón de la imagen. Se reconoce su estilo y la fuerza de los trazos sencillos, pero al mismo tiempo se perciben ciertas diferencias.

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Da la impresión (se podría decir lo mismo de El monstruo que se comió la oscuridad…) de que cuando se trata de ilustrar las obras de otros, Liao se autolimita: estas ilustraciones «de encargo» son más contenidas, como si no quisiera que eclipsasen al texto que acompañan, aunque indudablemente son igual de hermosas.

Fuente: Revista Babar

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Filbert, el diablillo bueno

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a partir de 6 años

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